Jeff Ruland: la huraña estrella que pasó por Barcelona para ser All-Star

Ruland dio el salto de la NCAA a España como puente hacia el estrellato en la NBA

Fue en una extraña temporada 1980-1981 cargada de expectación y decepción

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Jeff Ruland intenta anotar ante Abdul-Jabbar en un partido de 1983
Jeff Ruland intenta anotar ante Abdul-Jabbar en un partido de 1983 (Owen C. Shaw/Icon SMI)

“¿España?. No tiene nada que ver con mi carrera deportiva. Fue una etapa que no quiero recordar... lo peor de mi estancia en Barcelona... muchas cosas. Casi todo. No quiero saber nada de España”.

Quien así hablaba en los años 80 era una estrella de la NBA, Jeff Ruland. El jugador estadounidense había triunfado en la NCAA de la mano de Iona, una universidad modesta a la que encumbró con su dominio de la pintura hasta el Top 25 nacional. Los Gaels fueron felices con Ruland, que fue elegido en el puesto 25 del draft por Golden State Warriors. Pero el pívot no dio el salto a la NBA, sino que se marchó a España en 1980 en busca de dinero y no sé sabe si algo más.

Fue una revolución. La liga española por entonces no estaba acostumbrada a recibir una elección tan alta del draft. Ruland llegó a un equipazo. Aquel Barça histórico dirigido en el banquillo por Antoni Serra y personalizado en jugadores como Epi, Sibilio, Solozábal, Creus o De la Cruz. Y llegó con un sueldo estratosférico para la época, que algunos medios cifraron en 80.000 dólares, pero que todo apunta a que finalmente fueron 120.000. Todo un récord en aquellos tiempos.

Ruland llegaba a la liga española generando unas expectativas altísimas, aunque todavía era muy joven. Debutaba como profesional. Lo hacía en Europa. Pero había algunas sombras: su físico, y concretamente la rodilla izquierda. Los servicios médicos azulgranas detectaron un derrame sinovial en la rodilla izquierda y ello implicó cláusulas en el contrato de este pelo: rescisión del mismo si el jugador se resentía en el primer mes de competición y abono de solo la mitad del contrato si la rodilla fallaba en un plazo de 3 meses.

Muy al contrario de lo que esas cláusulas predecían, Ruland jugó a un grandísimo nivel en sus primeros partidos de liga tras ser recibido como una estrella. Sin ir más lejos, un artículo de El País de 1980 le ponía el cartel de “gran fenómeno”. Con su aspecto tosco, más próximo a un gigantesco leñador de 2,11 que a un ágil deportista, su bigote inconfundible, su pelo con notable volumen y su extraña forma de ser, Ruland empezaba a cumplir con lo que se esperaba de él.

De más a menos

Pero el idilio duró poco. Su carácter tímido y huraño, su escasa adaptación tanto al juego europeo como al estilo de vida del Viejo Continente, su excesiva autosuficiencia y sus malos hábitos empezaron a pasarle factura.

La leyenda, y ya se sabe que en toda leyenda yace escondida una pequeña verdad, hablaba de un Ruland llegando al Palau a entrenar sin excesivo interés. El jugador se bebía unas cervezas antes de ejercitarse físicamente con poco brío. Su compromiso parecía más bien escaso, diríase nulo.

Veía España como otro mundo (era la España recién salida del franquismo, no hay que olvidarlo). Se quejaba de las instalaciones de algunos pabellones rivales, no armonizaba con el público, no entendía muy bien el baloncesto que se jugaba en Europa, mucho menos físico que el de Estados Unidos por entonces, y lamentaba amargamente las decisiones arbitrales: “Me pitaban faltas tontas, no me dejaban jugar. Me amargaron”, dijo años después.

Pasaban los partidos y Ruland hacía un 20-10 (puntos+rebotes) con facilidad, pero el Palau le abucheaba con frecuencia por su falta de actitud en todos los terrenos. Iba sobrado de calidad y muy falto de espíritu. Y además su físico se resintió, a lo que colaboró el que no se cuidara como un deportista al uso.

Y Ruland terminó con problemas físicos, jugando solo la Recopa. con su compañero Mike Phillips ocupando su puesto en la Liga. Aquel año el Barça de Serra ganó la Liga (que no terminó Ruland, aunque promedió 21 puntos y 11 rebotes en ella) y la Copa del Rey. En aquella liga jugaban equipos como Cotonificio, Areslux, OAR o Helios, además de otros que siguen en lo más alto como Real Madrid, Barcelona, Joventut, Baskonia o Estudiantes. Además aquella temporada el Barcelona fue finalista de la Recopa.

La final de la Recopa

El 18 de marzo de 1981 se enfrentaron en el Palaeur de Roma el Squibb Cantú, que jugaba en su país, y el FC Barcelona. El gigantesco pabellón romano, con un aforo de 18.000 espectadores, presentaba media entrada. Los de Cantú habían eliminado en semifinales al Varese de Dino Meneghin y los de Barcelona a la Cibona de Zagreb de Cosic y Knego.

El partido lo arbitró el búlgaro Arabadjan, famoso por ser uno de los colegiados de la más polémica final olímpica, la de Munich 72 que enfrentó a Estados Unidos y la URSS con aquella canasta final de Belov tan cargada de historia.

Las 2 primeras canastas de la final las metió Jeff Ruland, pero al final el equipo de Pier Luigi Marzorati y Antonello Riva venció por 4 puntos (86-82). De nada sirvieron los 28 puntos de Epi, ni los 19 de De la Cruz. Tampoco los 17 de Ruland, que cuajó un buen partido y que fue eliminado por faltas personales a 50 segundos del final.

De su etapa en España apenas resaltaba aspectos positivos, como ya quedó claro al principio de este texto. Se libraban Antoni Serra, al que consideraba un gran entrenador y al que agradeció su apoyo, su compatriota Mike Phillips, con el que hizo piña, y Epi, del que dijo que era el mejor jugador español de la época. Poco más. Presidente y directiva del equipo fueron simplemente vilipendiados por el jugador estando ya de vuelta en Estados Unidos. El público español en general tampoco salió muy bien parado.

La NBA y el triunfo

Tras su paso por España, Ruland aterrizó en la NBA jugando con Washington Bullets, que en 1978 había conseguido el título. Llegó en la campaña 1981-1982, hizo un gran curso como novato y a partir del segundo año simplemente se salió, se convirtió en una estrella, en uno de los pívots dominantes de la NBA.

Porque Ruland lo tenía todo para triunfar. Anotaba con facilidad, reboteaba de forma excelente, no rehusaba el cuerpo a cuerpo en defensa y era un extraordinario pasador, algo no muy común para un 2,11 en aquella NBA.

Ruland tuvo 4 años estupendos con los Bullets llegando a promediar 22,2 puntos, 12,3 rebotes y 3,9 asistencias en la temporada 1983-1984, fue All-Star una vez y su afán pasador llegó al máximo nivel cuando en la campaña 1985-1986 logró unas medias de 19 puntos, 10,7 rebotes y nada menos que 5,3 pases de canasta. Un pívot resolutivo al que le gustaba la pelea en la pintura, pero también un pívot que generaba juego a su alrededor.

Eso sí, las grandes sombras ya habían aparecido en forma de lesiones serias. En la campaña 84-85 solo pudo jugar 37 partidos porque en enero de 1985 sufrió una grave lesión ante los Pacers. Y un año después le sucedió lo mismo, otra vez ante Indiana. Esta temporada, exitosa en números, solo se compuso para él de 30 encuentros. A partir de ahí, una travesía en el desierto.

Al estilo de Greg Oden en la actualidad, ¡Ruland regresó al baloncesto tras estar 5 años sin jugar!. Ya no podría ejercer de estrella. Su objetivo era limitarse a ser un buen suplente con minutos limitados. De hecho, Philadelphia le repescó para el juego pagándole 10.000 dólares por partido sin saber los encuentros que se podría permitir Ruland con su físico. Fueron 13 y bajo mínimos.

Reclamación millonaria a los Celtics

Entonces, llegó el extraño adiós de Ruland, tan bizarro como su personalidad y su paso efímero por el Barcelona. El jugador no pudo seguir jugando porque su cuerpo no daba para más, pero adujo que su adiós definitivo se debió a que en un calentamiento en el Boston Garden fue atropellado por un carrito de balones. El resultado: grave lesión en el tendón de Aquiles que acabó con él.

Ruland reclamó, ni corto ni perezoso, a los Celtics una compensación de 3,8 millones de dólares por el daño causado. El juzgado de turno no tardó ni 10 días en desestimar la reclamación del jugador.

La ex estrella de la NBA había malvivido desde su increíble reaparición en 1991. Fueron 2 temporadas en las que jugó 13 y 11 partidos sin nivel. Y se fue de la competición con solo 332 encuentros en su bagaje. Nada destacable para un jugador que llegó a promediar en los 4 partidos de playoff que jugó en 1984 la friolera de... ¡24 puntos, 12,8 rebotes y 7,8 asistencias!. Casi 8 asistencias por juego de un pívot. Sumó 17 partidos de postemporada en toda su carrera NBA. Y se despidió de la competición en los Pistons.

Al final, Ruland ha terminado como entrenador en la NCAA y en la Liga de Desarrollo. Un técnico que puede presumir de que fue un pívot dominante en la NBA de los 80. Y un pívot que antes de dominar en la NBA pasó por España aunque no quisiera acordarse años después.

Eso sí, tiempo más tarde de aquellas explosivas declaraciones sobre España y el Barcelona, matizó las mismas. Porque el tiempo embellece los recuerdos. También los de Ruland.